Venezolanos en Catalunya…

Nací hace 55 años en la República de Venezuela, como castigo kármico para purgar alguna mala acción que hice en una de mis vidas anteriores. Digo esto porque a mi generación le ha tocado pagar los platos que los políticos del país comenzaron a romper aquel viernes 18 de febrero de 1983, cuando la moneda del país comenzó a devaluarse frente al dólar y todavía, aún hoy, continúa cayendo de ese tobogán sin fin.

Como todos mis contemporáneos, no llegamos a conocer la bonanza petrolera de la que gozó nuestro casi extinto país. Aquello fue como cuando a un pobre le toca el premio gordo de la lotería, todo ese dinero entraba en los bolsillos rotos del pueblo y se quedaba a vivir en las cuentas bancarias de los pocos políticos que en aquel entonces se repartían el erario público.

El dinero con ignorancia dura muy poco y Venezuela es un claro ejemplo. Todavía recuerdo los carnavales que armaban los partidos políticos en cada elección, y también viene a mi mente la imagen de los felices e ingenuos electores acudiendo a votar y a festejar las victorias de los dos únicos partidos que se dedicaron, con el paso de los años, a fabricar lo que hoy conocemos como “Chavismo”.

El venezolano en esencia contiene una alta dosis de ignorancia genética. A la gran mayoría no le gusta mucho leer, menos investigar y todavía menos aún estar informado de lo que sucede a su alrededor; en cambio, prefiere que otro le cuente su versión de los hechos, a quien a su vez también alguien en algún momento se la contó de acuerdo a su conveniencia. La sociedad venezolana de ahora y la de aquella época en la que vivía allí, era una verdadera procesión de desinformados de la realidad política y social, opinando y eligiendo a una banda de delincuentes para dirigir el destino de su tierra.

Quiero hablar ahora de mi experiencia con los paisanos que viven en España y, más concretamente, en Catalunya, donde también muchos se han traído escondido en sus cerebros la irracionalidad que llevó a nuestro país a ser la Republiqueta bananera que es hoy en día.

Desde 1714, los catalanes han protagonizado algo así como una especie de novela trágica, donde el hijo se quiere ir de casa de sus padres y hacer su vida independiente, pero estos no se lo permiten intentando ponerle puertas al campo. Desde entonces, se han vivido momentos verdaderamente trágicos que lo único que han logrado, en lugar de apaciguar las aguas, es aumentar cada vez más el sentimiento patriótico de los catalanes.

Que un venezolano esté a favor o en contra de la realidad de Catalunya, depende mucho de la primera persona que le contó su versión de los hechos tras aterrizar en el Aeropuerto del Prat y haber pisado suelo catalán.

El venezolano que viene de una dictadura pintada con barnices de izquierda totalitaria, como toda izquierda que se respeta, y con una mediocre información del lugar al que acaba de llegar sigue creyendo que España es realmente el país que nos venden al otro lado del océano y que nos acostumbraron a comprar sin preguntar.

Para muchos venezolanos recién llegados a Catalunya, los catalanes son unos locos que intentan romper la unidad de España. Por eso cada día me asombra menos comprobar que nada más nacionalizarse, lo primero que muchos hacen (ahora ya con documento español) es correr a engrosar las filas de los partidos llamados nacionalistas, guardianes del sentimiento español como en aquellos años del 36.

Pedirles que averigüen por su cuenta qué es lo que “realmente” ocurre aquí, eso ya es demasiado pedir. Pues, si nunca quisieron averiguar lo que “realmente” ocurría en su país, mucho menos lo harán en este al que acaban de llegar y aunque piensen en echar aquí raíces. Para ellos, Pau Claris, Josep Puig i Cadafalch, Joan Maragall, Lluis Companys, Lluís Domènech i Montaner…, sólo son nombres de calles de Barcelona. Corren a visitar la Sagrada Familia y se maravillan con la obra del asombroso arquitecto pero nunca tendrán ni idea de lo catalanista que fue Gaudí.

Rechazan a ultranza todo aquello que tenga olor a socialismo, ignorando que el bienestar social de la Europa que los recibe fue construido justamente por el socialismo: Felipe González (España), François Mitterrand (Francia), Olof Palme (Suecia), Andreas Papandreu (Grecia), Bruno Kreisky (Austria), Kalevi Sorsa (Finlandia).

Hugo Chávez nunca fue ni estuvo cerca del socialismo y menos aún del comunismo, por una sencilla razón: en los cuarteles venezolanos no se enseña nada parecido al Marxismo, para eso existen las universidades donde hay libros, discusión, ideas y debate. Los militares en Venezuela sólo entraban a las universidades para agredir y asesinar.

Pedirle a un militar venezolano que lea algún libro o que piense por sí mismo es misión imposible. El mismísimo Hugo Chávez cuando intentó leer sufrió de una indigestión intelectual.

Chávez entendió como utilizar la infinita ignorancia del pueblo venezolano para usarla en beneficio propio porque, que yo recuerde, en mi país nunca existió nada parecido a la ideología de izquierda. Allí sólo existían Adecos, Copeyanos y unos cuantos que lo único que querían era enchufarse en el gobierno de turno a toda costa.

¿Recuerdan a Américo Martín del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)? Su slogan cuando lanzó su candidatura a la presidencia era: “Manos limpias al poder” (al acordarme de esto me entran ganas de reír), terminó siendo asesor de Carlos Andrés Pérez. Teodoro Petkoff Movimiento al Socialismo (MAS), acabó como ministro de Cordiplan en el Gobierno de Rafael Caldera y se robó un coche BMW de lujo que pertenecía a un jugador de Béisbol en las grandes ligas llamado Luis Sojo. Pompeyo Márquez, por continuar con los ejemplos, creó una fundación con fondos del gobierno y así vivió feliz hasta su muerte y así continúa hoy la historia…

La mayoría de los venezolanos ignoran racionalmente estas historias y por eso tienen el gobierno que se merecen. Pero lo más terrible es que esa ignorancia ya forma parte de su manera de vivir y la sincretizan con la religión y todo aquello en lo que quieren creer que es verdad.

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